Desde hace ya tiempo, la realidad nos depara una curiosa convivencia –que el 2002 se volvió francamente torrencial– entre un universo sofisticadamente high-tech y otro que hunde sus raíces en el profundo medioevo. Legiones de mendicantes, pantallas de plasma, gente que empuja carros cargados con desechos, autos computarizados, y niños viejos, arrumbados junto a cajeros automáticos. La coexistencia se ha tornado natural, como si las visiones apocalípticas del fin del primer milenio modelaran nuestra entrada al tercero.
Algo de esto se desliza en el cubo impecablemente blanco de la galería Ruth Benzacar que acoge estos días a los orantes y predicadores de Juan Carlos Distéfano. Piezas que entre otras, nos remiten al universo fundamentalista religioso, de raigambre medieval, que modela la vida cotidiana en el mundo que habitamos. El descenso a la galería, como a una cripta de aquellos tiempos, es un descenso a los infiernos.
El artista articula figuras y grupos que apuntalan ese contenido y establecen un contrapunto entre la tosquedad del bloque, que evoca la rigidez y policromía de la escultura románica del siglo X y XI, y la resina poliéster, de procedencia industrial, su materia constitutiva. Por un lado, una alucinada predicadora, parada sobre un cajoncito, y por otro una fila de orantes arrodillados. Las manos cruzadas sobre el pecho y las cabezas giradas hacia atrás, apartan la mirada de unas figuras que se despeñan desde las alturas sobre las aguas, concebidas como rejas y signo abstracto.