perspectiva del adulto, la amarga conclusión del señalamiento de Distéfano es que sus niños están socializando la violación, la prepotencia o el gesto aniquilador y evasivo de la drogadicción. Actitudes que instalan una anomia salvaje, donde las armas, antes de congelar con su letal realidad metálica la palma de la mano, se prefiguran en el interior del brazo que fuerza, del pene que humilla, de la cabeza desbordada que, a falta de opciones, libera el instinto más primario o de la bolsita con la sustancia que obnubila, para que ese desamor, que ni cuida ni pone límites, no se sienta tanto.
Y si las piezas anteriores denuncian descarnadamente, la Portadora de la palabra metaforiza la dictadura mediática, comprendiendo la reacción de una koré preñada de una historia de desastres e iniquidades, cuyo cuerpo en plenitud está marcado con el genocidio, la impunidad, el avasallamiento de los derechos más elementales y su indecorosa exhibición. La preeminencia de los medios sin ponderar su mensaje desinforma y deforma tanto como la censura. El refugio en alguna otra articulación que pueda considerarse “verdadera” por “sagrada”, se presenta como alternativa, por cierto, no menos alienante. La ansiedad por una racionalidad auténticamente distintiva de la condición humana se vuelve aquí palpitante.
Todo para ver… todo para pensar. Abrupto final de un texto destinado a una obra de significados no menos abruptos.