Las esculturas de Juan Carlos Distéfano arrojan a la sensibilidad –tanto perceptiva como emocional– tres tipos de violencia. Dos de ellas, resultado de la expansión enfática del proyecto destinado al Parque de la Memoria –Por gracia recibida– perseveran en un tema histórico. Los iluminados, seis hieráticas figuras arrodilladas en el barro en actitud de oración, vuelven su rostro para no enfrentar con el entendimiento una masacre que justifican con delirio sacro. El color que cubre a cinco de ellas y las insignias pictóricamente esbozadas, las identifican con las distintas fuerzas de “seguridad”. Se forman detrás de un oscuro representante de aquella iglesia que, por apañamiento u omisión, se complicó con crímenes reñidos con toda clase de piedad. Por su parte, En simultáneo, contrapone la contemporaneidad del ahogado clamor de las víctimas de los vuelos de la muerte –lanzadas vivas al Río de La Plata desde aviones militares– con las imágenes del entusiasmado grito del dictador Videla festejando los goles de la selección nacional durante el Mundial de Fútbol de 1978.
La violencia social que hiere nuestro diario trajinar se desnuda y replica en Kinderspelen, que cita el título y las facciones –redondeadas y mofletudas– de los personajes de Juego de niños de Pieter Brueghel. En ambas, las escenas representadas comparten una cotidianeidad popular, pero la obra de Distéfano constata que en nuestra sociedad, la marginación y la falta de proyectos para vertebrar el futuro, supuran en los esparcimientos infantiles desprecio, degradación y autodestrucción. Si en la pintura de Brueghel, los juegos suponen ejercicios de organización, cooperación, alternancia de roles o competencia y los zancos permiten ensayar simbólicamente la