La escultura de Juan Carlos Distéfano tiene un sujeto. El hombre vulnerable, presionado, humillado. Violencia del cuerpo, el cuerpo como usina recalentada, el hombre enjaulado, envilecido, metamorfoseado en su animalidad.
Es una dilatada parábola sobre la coerción, una fuga perentoria de la gravitación terrestre. Todo es alusivo, en apariencia controlado. Lo inverosímil se hace posible. Detalles ilusionistas, precisos, anudan situaciones insólitas. El modelado en arcilla, el color pictórico, las resinas poliéster que emplea, colaboran para que todo sea incierto: agua impenetrable, humo rígido, viscosidades de líquidos perturbadores, afanes de vuelo, peldaños que abren abismos.
Acude a un cúmulo de sensaciones improbables. Todo parece tan frágil que cualquier movimiento en falso puede descalabrarlo como a una silla de paja. Son escaleras, paraguas, escobas, postes de luz o alas para alzarse o caer. Últimamente, palabras que volarían en barriletes.
En ese contraste de recursos expresivos se cuela lo inconsciente. Son sus oscilaciones metafóricas. La violencia, la animalidad del hombre depredador. Sin embargo, la osatura tridimensional está sometida a un riguroso orden geométrico. Su punto de partida no es el caos. Ni es arte político, tampoco pedagogía.
¿Qué, entonces? “El horror fascina y su fuerza bruta puede romper con lo que asfixia” (Bataille, Historia del ojo, 118).