[...] Y por dar a otros el dolor, llegamos a la muerte, a dar la muerte. [...] Este es el marco, [...] de las esculturas de Distéfano: la multiplicación del dolor físico dado a otros –más el dolor moral de las hambrunas, el desempleo, la desigualdad económica, la falta de justicia, el desdén racista–, en tanto la medicina, la biología y la genética buscan soluciones tanto para prolongar la vida como para hacerla posible a través de otros medios, para borrar los deterioros de la edad o, al menos, para disimularlos. Jean Baudrillard señala, acertadamente, la “compulsión de inmortalidad” que ahoga hoy a los seres humanos y estimula a los científicos.
[...] Con sus nuevas materias y su nueva figuración, Distéfano ha devuelto a la escultura una existencia que había perdido en nuestro tiempo y que él rescata desde un ser y un hacer inherentes al arte mismo que practica. Esta aparente paradoja no es sino una verdadera evidencia de continuidad, asimilada a “la época, la moral y la pasión” del artista, elementos cuya presencia –por separado o en conjunto– distinguía Baudelaire como los referentes de la actualidad, necesarios para que la obra de arte tuviese historia y entrase por ello a la historia.
[...] La figura humana –el hombre que no está guardado detrás de su imagen– es el protagonista de las esculturas de Distéfano; o, más bien, el agonista, porque se lo obliga a participar de una lucha impensada, porque es el objeto y la víctima de una lucha cotidiana. Es evidente que [...] trata a la figura humana sin embellecerla, sin convertirla en una exaltada reproducción natural. En todo caso, su idea de la Belleza ronda la de André Breton: “La Belleza será convulsiva o no será”. Pero quizás en las obras de Distéfano lo convulsivo sea la realidad.