[...] Queda muy claro que el trabajo de Distéfano no entra en ningún ismo obvio del arte moderno de posguerra, ni tampoco cuadra con los muchos prejuicios de lo que es o tendría que ser el arte latinoamericano, en la opinión de muchos críticos y curadores europeos y norteamericanos. Pero sí tiene mucho que ver con la historia, la formación cultural y la materialidad (las relaciones sensibles e imaginarias en ciertas formas y materiales privilegiados) de la cultura argentina, que interpreta y articula formas dramáticas inéditas.
Gran parte del poder de Distéfano reside en la invención de un pathos moderno, sin gesticulación ni programa [...] y en la perversión grotesca y cruel de la estética barata pequeño burguesa del muñeco y del bibelot, de lo suave y familiar que disuelven toda forma de tensión y antagonismo. Aunque utilice con mucha eficacia los recursos táctiles y visuales de un material muy complejo [...] y de dimensiones [...] reducidas, a Distéfano no le interesa seducir o aterrorizar [...] en la inmediatez de la sensación [...], sino dejar abierto el espacio del enigma, de la amenaza y de la ansiedad.
Al revés de muchas obras pseudo críticas, que en vez de denunciar estetizan y banalizan a ultranza el horror contemporáneo, Distéfano no ilustra: inventa imágenes de la barbarie moderna que tienen pocos equivalentes en nuestro tiempo (véase, por ejemplo, El Mudo, El Rey y la Reina, Humo, Desnudo). Tal vez por eso su obra nos transporta al universo trans-histórico del Goya de los Caprichos y Desastres de la guerra, del Ícaro caído y del modelo del ideal angélico martirizado. Hasta la serenidad irradiante y eterna de los egipcios queda marcada por las manchas del mal contemporáneo.