[...] Si antes nos empapaba con el sentimiento de lo trágico, el arte de Distéfano, a la nietzcheana, ha terminado por plasmar formas que juegan con lo trágico. Ese es el matiz maduro, “clásico”, de su distancia actual. Ni las caras, ni las figuras manifiestan ahora el horror, la “expresión” se ha trasladado, con la más pura de las purezas, a ese ordenamiento del espacio dictado por la demanda plástica de las formas mismas que, a través de variaciones imprevistas en apariencia, nos conducen a la intimidad despojada del sentido. Un espacio tal promueve también el alejamiento que a nosotros, receptores, nos permite enfrentar la intimación de eso abisal y sobrecogedor que yace, decía Nietzsche, bajo el velo compasivo de la forma. [...]