¿Qué te parece?, me preguntó Distéfano al mostrarme sus obras recientes, [...] “yo creo que son más distantes, menos confesionales”. Es verdad, pensé, pero no del todo. En su obra siempre hubo distancia y sigue habiendo confesión. La conmocionante intensidad de las piezas nuevas, en su austero sosiego, no desdice el eco de aquel grito metafísico sofocado por una telaraña.
[...] Al amparo de una distancia inefable, las formas de Distéfano se confiesan creando hermosas ficciones que hablan de la vida, la suya y la nuestra; de su tiempo, el de la Argentina y el del mundo en este siglo. Pero también hablan de un tiempo detenido en la eternidad que quizás sea el don de la escultura misma, cuyo “fantasma se apodera de nosotros durante unos minutos y nos ordena... pensar en cosas que no son de la tierra”, según dice Baudelaire.
Ab ovo, Distéfano parece haber buscado sentido en el sinsentido organizando plásticamente el espacio [...] creándolo sin más, como un corolario del volumen. La creación de un espacio debe entenderse como el despliegue de un ámbito de acogida para las obras generado por la energía que se desprende de sus valores privativos: formas y volúmenes. [...] podría decirse que la quietud borrascosa del antiguo espacio “expresionista”, más romántico, se ha desplazado ahora para engendrar las dimensiones de su propio “clasicismo”. [...] Las obras actuales despliegan un espacio que en absoluto reniega de su pathos anterior, tan sólo lo trasladan a ese sesgo casi místico del movimiento que culmina en el ápice del equilibrio: el sitio infinitesimal en que el goce máximo de la gravedad se confunde con el peligro inminente de su perdición: “hasta cierto punto”.