Tres años duró el alejamiento de Juan Carlos Distéfano, y la experiencia le permitió afirmar y ahondar criterios, entre ellos, la imposibilidad de vivir y crear lejos del país de origen. “Es una carencia esencial y constante, la falta de un código vale como una mutilación. Las palabras se convierten en vehículo imperfecto, insatisfactorio; en Buenos Aires conozco cada calle, cada pared, los matices tienen una gama de contenidos que conozco y con los que me identifico. Ese cúmulo de circunstancias alimentan la obra en el retiro del taller: porque me hacen falta, regresé; por lo demás, estaba previsto que el alejamiento sería transitorio”.
[...] Otro idioma, más próximo y trascendente, halló Distéfano en el románico de San Climent de Tahull; no vacila en confesar que alcanzó a la revelación de un mundo ignorado. “Lo sagrado y lo profano se enlazan en esos frescos de aterradora belleza; son la culminación de la estética, sin el preciosismo estéril que esa palabra evoca a nuestras sensibilidades contemporáneas. Montjuich es una epopeya y un milagro al mismo tiempo [...]
La residencia en Barcelona no varió substancialmente los hábitos recoletos de trabajo que Juan Carlos Distéfano necesita. Permanece fiel a su sistema de concretar gráficamente sus intuiciones espaciales, y al lento y trabajoso laboreo del poliéster policromado que es su material habitual. “Es un material muy agradecido, como dicen los españoles. Todas las inflexiones de los medios tradicionales están permitidas, con el adicional inestimable de la liviandad, la posibilidad del color y un costo menor si se lo refiere al bronce. No me molesta la parte artesanal, diría, por lo contrario, que me sosiega. Esos largos meses de concreción de una obra me permiten escuchar las