Al tope de la escalera, la versión negra de Giallo opera como prólogo patético. Ese torso avanzado por el fuego encarna el tiempo del desastre, la crónica desgarrante y de pronto guiñolesca, que a diario se ventila en cualquier lugar del mundo con gran aparato o sin él. Aquí el tormento se ha congelado en un gesto tremendo, el mismo de la figura atrapada en la Telaraña, o de ese otro desnudo yacente, no muy extraña cruza de mártir medieval con una criatura de esta época.
La historia, en efecto, se repite. En cada tramo reproduce las misma llagas y suplicios que atribulan también a las imágenes de Juan Carlos Distéfano, ronda alucinante, angustiosa, que ahora remata en Humo, una de las últimas piezas del artista y quizá la más abrumadoramente tridimensional de los últimos tiempos.
Distéfano maneja una materia ideal para sus cosas o, mejor aún, la somete de manera admirable a sus propósitos, porque lo que él amasa y modela en barro pasa a ser moldeado en poliéster y, concluido con capas de color, combina formalmente escultura y pintura. De esta suerte y como un moderno imaginero implanta en el espacio esa figuración suya, colmada de humanidad y conflicto, en la que sigue gravitando el dejo expresionista de una primera época neofigurativa. Pero el artista se orienta con mayor resolución ahora, hacia un realismo que aprovecha la lección de remotos antecedentes: por una vertiente hispanoamericana concluye remontándose a Oriente y vinculando la talla colonial con la escultura policromada egipcia. [...]