Podría decirse que ciertos pintores modernos [...] describen la vida corriente pero en lugar de la apariencia de esa vida nos visualizan su sentido. Distéfano podría pertenecer a esa clase de artistas, si su obra no nos ofreciera mucho más [...]. Hay en él una anécdota que consiste fundamentalmente en la destrucción de la anécdota; hay un desplazamiento de la realidad que no se convierte en irrealidad, todo lo contrario [...] que pone al descubierto la realidad en toda su crudeza.
Esa realidad es la del mundo de hoy: la de seres presos al mismo tiempo de la agitación y el desamparo, en una visión de pesadilla, en un clima de sorda crueldad. Y al mismo tiempo grotescos. Así se entrecruzan las figuras, se superponen y se transforman, como en un intento vano por abandonar el caos de la vida contemporánea.
Una violencia contenida, un furor transmutado en impugnación y rechazo es el mensaje que nos trasmite la obra de Distéfano. Pero al mismo tiempo un mensaje de densa humanidad y ocultamente piadoso, de modo tal que no es el lado oscuro o negativo el que se visualiza como resultado, sino una verdadera fiesta de las formas. Las figuras no están deformadas sino distorsionadas; no es la forma sino la actitud, el estado y la situación las que sufren desplazamientos.
Distéfano utiliza como base de su obra los materiales que le ofrece la nueva técnica (lana de vidrio, placas metálicas, plásticos) para dar mayor densidad y un aspecto nuevo, distinto, a sus realizaciones. Obtiene así un resultado en que la pintura [...] constituye un sólido cuerpo de