Es posible que alguien no conozca la sorprendente evolución creativa de Juan Carlos Distéfano, pues allá por los años 60 era un eminente diseñador gráfico [...] Pero un día empezó a pintar y otro a modelar [...]
[...] el modelado tiene riqueza pictórica, sin perjudicar la rotundez del volumen, no sólo por el color que desempeña un papel decisivo, también por la sinuosidad de la superficie: arrugas que la dinamizan, formas que se funden, obteniendo por la curiosa plasticidad del volumen una presencia casi fantasmal, a pesar de la precisión con que crea cada forma. ¿Precisión? Sin duda, pero asimismo originalidad en el sentido etimológico de la palabra, como descubrimiento del origen, único modo de vencer la percepción estereotipada.
A este respecto su maestría es absoluta, sobre todo por las relaciones que establecen arabescos sutiles, por ejemplo entre la cabellera de la mujer y el pelo del hombre en las dos versiones de El rey y la reina (1977 y 1978). Hasta el punto que siendo escultura de volumen se integra en el espacio. Acaso sea este juego entre volúmenes ligeros y espacios apenas connotados lo que presta encanto a sus figuras. Distéfano las crea aisladas o en pareja, apegado al cuerpo humano, pero no es realista, aunque en el formidable Autorretrato (1978) pueda parecerlo. Pleno de imaginación para violar la realidad física, nunca cede sin embargo a la fantasía dislocada. Se diría que no ve el cuerpo sino lo penetra y desde allí crea la forma, de adentro afuera, como resulta de la manera de emplear el material. [...]